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El peor enemigo de la libertad

No hace mucho, en un podcast se planteaban la pregunta de cuál es el peor enemigo de la libertad dando una serie de argumentos. Bajo mi punto de vista el peor enemigo de la libertad es la seguridad.

La seguridad es el orden, la libertad es el caos. La seguridad es lo conocido, el ejército para los tiempos de paz, las tarjetas de crédito, las aulas, las colas del supermercado. La seguridad también son los semáforos, el trayecto de tu casa al trabajo. La seguridad es el suelo que pisas, el lugar donde el mundo se comporta tal y como esperamos, donde podemos pensar a largo plazo ya que las cosas funcionan. La seguridad es cuando cuentas con un amigo fiel, es la geometría, la estabilidad del matrimonio. Cuando la vida te sonríe. Pero la seguridad, al igual que el orden, tiene un problema. Es uniformidad, tiranía y desgaste. Sólo hay un resultado posible. Cuando la seguridad se lleva demasiado lejos entra en desequilibrio y puede manifestarse también de una forma destructiva y horrible.

La libertad por otro lado, al igual que el caos, es lo desconocido. La libertad es el dominio de la ignorancia, el extraño que se oye entre los arbustos por la noche, la desesperación, las aristas afiladas, la aleatoriedad. Estamos en un estado de libertad cuando no sabemos dónde estamos, cuando el miedo nos aborda. La libertad es la madre osa que te identifica como potencial depredador y te mata para proteger a sus crías. Pero nos guste o nos de miedo, esa es la verdadera libertad. Un mundo de posibilidades infinitas y del cual surgen las ideas.

“Quien renuncia a su libertad por seguridad, no merece ni libertad ni seguridad”

 Benjamin Franklin

La plena libertad no es posible sin la seguridad, porque en tal caso se convierte en caos, del mismo modo que la seguridad no el posible sin la libertad, pues entonces se convierte en tiranía. La mayoría de la gente teme a la libertad y, ante la agotadora complejidad de la vida, la gran masa quiere la mecanización del mundo a través de un orden definitivo, válido para todos y que les libre de pensar. Este término constituye la levadura y el fermento que allana el camino a todo tipo de políticas e ideales que declaran perentoriamente que solo ellos han encontrado la nueva fórmula que redima al mundo.

Todo movimiento espiritual necesita a un hombre que lo inicie y lo lleve a término. De ese modo, el movimiento fluye en masa y se desborda para imprimirle forma de ley y estabilidad. Con ello, de la arbitrariedad surge el dogma. De la libertad, la dictadura.

A pesar del avión o de internet, a pesar del microscopio y de toda la magia de la tecnología, nuestro mundo moral ha preservado las mismas expectativas mesiánicas de un estadio moral superior al igual que en los días de Cristo, Mahoma o Buda. En el alma anhelante de milagros de las masas, vive y pervive, la inextirpable y siempre renovada añoranza de un líder o maestro a quien seguir. Es por eso que cada vez que un hombre se dirige a la humanidad con alguna promesa, pulsa el nervio de esos anhelos de fe.

Cuando esos ideales utópicos acarician y se hacen con el poder, se revelan como los peores traidores del espíritu. En lugar de conformarse con el culto y pleitesía de sus adeptos, quieren obligar a los que no forman parte de su partido a compartir su dogma. No solo quieren a los esclavos, también a los ciudadanos libres para que sean sus vasallos y estigmatizar cualquier diferencia de opinión calificándola como delito.

Es entonces cuando, con una presión monstruosa, se apodera del individuo la fuerza de la masa y este no puede encontrar lugar donde protegerse de esa locura colectiva. La materia que lo inflame (problemas sociales, religiosos…) le es indiferente al fanatismo. Solo quiere arder y dar llamas, descargar la fuera del odio acumulado, y es entonces cuando el demonio de la guerra rompe las cadenas de la razón y se precipita sobre el mundo lleno, hasta entonces tranquilo.

Un ideal que solo se propone el interés general jamás puede satisfacer por completo a las dilatadas masas del pueblo. Para la gente siempre será más accesible lo concreto y aprehensible antes que lo abstracto. Por ello, en lo político siempre encontrará más partidarios todo programa que, en lugar de un ideal, proclame una hostilidad, una oposición bien comprensible y manejable que se dirija contra una clase social, una raza, otra religión o ideología….pues con el odio puede encender fácilmente el fanatismo.

Millones de personas, víctimas de este hechizo se precipitan voluntariamente a la esclavitud y ensalzan el látigo que les azota renunciando lo que, hasta ayer, era su mayor alegría, la libertad.

Cuando una tiranía insufla la enfermedad del miedo que corroe las almas de las personas, la cobardía general se convierte en su ayudante y alcahueta, pues el sentirse cada uno sospechoso hace que los demás también lo sean, y , por culpa del miedo, los miedosos se adelantan a las órdenes y prohibiciones de sus tiranos aun con mayor prestancia.

Una tiranía dogmática surgida de un movimiento en pro de la libertad es siempre más dura y severa con respecto a la idea de libertad que cualquier poder hereditario. Siempre aquellos que deben su poder a una revolución son los más intransigentes e intolerantes ante cualquier novedad.

Pero toda represión conduce, tarde o temprano a la revuelta. Nunca ha sido posible imponer de modo dictatorial una única religión, una única filosofía o una forma de ver el mundo, pues el espíritu siempre sabe resistirse a cualquier servidumbre. Ninguna época ha podido ser tan bárbara ni ninguna tiranía tan sistemática como para que algunos individuos no lograsen escapar de la violencia ejercida sobre las masas y defender el derecho a una opinión personal.

“Matar a un hombre no es defender una doctrina, sino matar a un hombre”

Sebastián Castellio

La violencia por si sola tiene corto aliento. Ataca ciega y furiosa pero se viene abajo por sí misma, agotada por esas bruscas explosiones. Aun cuando actúa por contagio sobre grupos enteros, estos solo se producen como bandas indisciplinadas que se extinguen tras el primer entusiasmo. El fanatismo, ese bastardo del espíritu, que quiere imponer su idea propia del universo como la única forma permitida de ley, separa la comunidad humana en amigos y enemigos. Partidarios y adversarios. Héroes o criminales.

Muchos han querido destruir la belleza del mundo para convertir la tierra en un seminario de moralidad. Pero las verdades se pueden difundir, pero no imponer. Ninguna doctrina será más cierta porque se grite o se encolerice. Ninguna debería imponerse artificialmente recurriendo a la brutal propaganda. Aquellos que quieren imponer una fe actúan de un modo tan absurdo como alguien que con un palo intenta alimentar a un enfermo por la fuerza.

Al igual que un músculo no puede permanecer contraído al máximo todo el tiempo, ni una pasión estar siempre en su punto más álgido, las dictaduras del espíritu no han podido conservar permanentemente su despiadado radicalismo. Por norma general, solo una generación tiene que soportar dolorosamente esa presión.

El eterno progreso toma todo lo provechoso del sistema y arroja tras de sí todo lo que le paraliza. Las dictaduras, en el gran proyecto de la humanidad suponen solo una corrección a corto plazo y tras ese breve retroceso, luego el mundo se impulsa con más energía.

Pero no se nos debe de olvidar que el devenir histórico no es un continuo avanzar en base a progreso y desarrollo. Nunca un derecho se ha ganado para siempre como tampoco está asegurada la libertad frente a la violencia, que siempre adquiere nuevas formas. Cuando los individuos consideran la libertad como algo habitual y no como el don más sagrado, de la oscuridad del mundo, surge de nuevo un misterioso deseo de violentarla.

Siempre que la humanidad ha disfrutado de periodos de paz durante demasiado tiempo, le sobreviene una peligrosa curiosidad por la embriaguez de la fuerza y el apetito por la guerra. De una manera incomprensible la historia provoca retrocesos que hacen que se derrumben los muros de la justicia adquiridos por herencia. Luego, una vez más, los despotismos se enfrían o envejecen y comienza un nuevo el ciclo.

EL HUMANISMO

Con cada hombre nace una nueva conciencia y siempre habrá alguien que recuerde la obligación espiritual de retomar la lucha por los inalienables derechos del humanismo y la tolerancia.

En cualquier lado de espectro político hay exageración y fanatismo. Al más puro estilo humanista, ninguna persona debería seguir nunca un ideal que no fuese el de la justicia. Es destino de todo fanatismo agotarse a sí mismo. La razón, en cambio, es eterna y serenamente paciente. Puede esperar y perseverar.

El humanismo aborrece toda violencia. Sus leyes son la espontaneidad y la libertad. No pretende someter con la intolerancia sino con una luz al aire libre, que atrae hacia su esfera a los animales que vagan alrededor por lo oscuro. Llama hacia su claridad a los desconocedores y los apartados convenciéndoles dulcemente. Quien no quiera pertenecer a su círculo puede permanecer fuera, no se le obliga ni se le impele violentamente. A nadie se le niega el acceso. Por tanto, todo ser humano educado humanísticamente no debe conjurarse con ninguna ideología, porque toda idea aspira naturalmente a la hegemonía. No tiene que ligarse con ningún partido porque se limitaría a ver de modo partidista las cosas, sentirlas y pensar en ellas. En todo momento tiene que conservar su libertad de pensamiento y acción, pues sin libertad es imposible la justicia, que es el supremo ideal, común a toda la humanidad.

Para ello, el humanismo no conoce mas que un camino, la cultura. Lo humano en el hombre solo puede crecer por medio de la cultura y del libro, pues solo el no instruido se entrega sin reflexión a sus pasiones. Los humanistas no comprenden las fuerzas primitivas del mundo de los impulsos.

El humanismo odia toda propaganda y agitación en favor de la verdad ya que cree que esta posee una fuerza que actúa por sí misma. Los seres humanos ya no prestan atención a la palabra, fina y bien ponderada de la poesía sino a la grosera y ardorosa de la política. El pensamiento ha decaído hasta el delirio colectivo. Los sabios ya no luchan con elegantes cartas sino que se arrojan los unos a los otros con groseras y ordinarias palabras injuriosas. Nadie aspira a comprender al otro, sino que cada cual quiere imprimir su doctrina en el prójimo como una marca de fuego. Y contra los que quieren estar entre los partidos y por encima de ellos se dirige un odio doblado.

Nos encontramos en ese punto de inflexión en el que a la gente se le ha olvidado que su libertad es lo más grande a lo puede aspirar. Un don que tiene pero que no aprecia y que como en otros tiempos, está tentando peligrosamente con ideas peligrosas que solo conducen a un camino.

Es nuestra labor, desde nuestro propio interior pensar humanisticamente. No esperes que el mundo cambie si no empiezas cambiando tu. Los cambios impuestos desde fuera hacia adentro no perduran. Piensa libremente, razona, sirve de ejemplo para tu círculo más cercano. Poco a poco podrás ir observando los cambios que eso produce.

Para escribir este artículo, he utilizado como base 12 reglas para vivir de Jordan B. Peterson, Castellio contra Calvino de Stefan Zweig y Erasmo de Rotterdam: Triunfo y tragedia de un humanista también de Stefan Zweig

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