SIGMADIEZ

Presentación: El día que el mundo cambió

Me complace informaros de la culminación de la que es mi séptima obra hasta el momento. Ya os hable en su momento sobre mi evolución como escritor y pienso, sin lugar a equivocarme que este es mi mejor libro hasta la fecha. Se trata de un ensayo en el que hablo de muchos y muy variados temas, dándoles para ello un enfoque histórico, filosófico y psicológico. En el título está puesto de manera intencional el verbo al final de la frase.

El libro consta de 4 partes.

En la primera parte empiezo hablando del arte que siempre ha acompañado al hombre y también del espíritu creador. Aquí hablo de la belleza y de como tiranos y autócratas a lo largo de toda la historia de la humanidad han intentado limitar o directamente eliminar el arte y el conocimiento en general.

Despues empiezo a introducir el término de fanático y vemos como este tipo de personas van inflamando a las masas y gestando todo tipo de revoluciones que desencadenan grandes orgías violentas.

Durante dos capitulos introduzco el humanismo y la Ilustración, como momento en que el antiguo mundo se vino abajo y abrazó los pilares de la razón y termino la parte con la historia de la medicina ligada a la filosofía, especialmente la griega.

La segunda parte trata de los aspectos psicológicos que llevan a nuestros mejores y peores comportamientos. Analizo el ego y también la teoría de la personalidad de la mano de el psicoanalista suizo Carl Jung para luego meterme directamente con las emociones y el funcionamiento del cerebro. Todo ello con ejemplos de personajes y situaciones históricas para ponerlo más en contexto.

Analizo la personalidad y la vida de filósofos como Nietzsche y escritores como Tolstoi o Dostoievski y para finalizar la parte empiezo a introducir el concepto de violencia del hombre tanto contra sí mismo, como contra otros hombres en su aspecto más psicológico.

La tercera parte trata del Estado como Leviatán que ejerce un poder coercitivo contra sus hijos. Para ello me valgo de las teorías de Thomas Hobbes, de Rousseau y de John Locke entre otros. También hay un capítulo sobre el capitalismo, sobre la Revolución Industrial y sobre como fueron surgiendo los derechos del hombre.

Para terminar, hablo de la propiedad privada y el comercio como grandes pacificadores de la humanidad.

La cuarta parte versa sobre la aleatoriedad. En el primer capítulo hablo extensamente sobre el tema y luego introduzco la religión como medio que ha encontrado el hombre para explicar fenómenos aleatorios que le producen incertidumbre. También hago un análisis de la violencia en la historia de las religiones.

Llegando casi al final hablo de la evolución biológica del ser humano y de como ha ido adaptando su forma de hacer deporte y de alimentarse para terminar con un capítulo dedicado a la sobreproteccion paternal como peligro directo para todas las democracias occidentales.

El libro termina con un epílogo con una serie de conclusiones y pensamientos finales.

Lo tenéis tanto en versión Kindle como en tapa blanda y tapa dura

Os dejo el prefacio del libro en el que hago un recorrido por toda la historia de la humanidad hasta la Revolución Industrial más o menos y que sirva para abrir boca

PREFACIO

El primer homínido empieza a sobresalirse del resto de formas de vida cuando, al elevarse sobre la tierra, ya no predomina el olfato, sino el ojo a la hora de detectar amenazas. Andando erguido, sus manos están libres y  este ser a medio evolucionar se convierte en una criatura hábil[i] que, utilizando piedra, consigue crear burdos utensilios y con ello hacer ciertas tareas de manera más fácil. Durante miles de años, la evolución aparentemente se detuvo ahí hasta que en un determinado momento, se produce un gran salto evolutivo.

Cada vez de manera más acelerada, la inteligencia del homo sapiens empieza a destacar por encima de cualquier otra especie sobre la tierra y  sus predecesores del género homo, poco a poco se ven relegados a un segundo plano, hasta que acaban desapareciendo.

Este hombre sabio va desarrollando un lenguaje que le permite relacionarse con  seres de su misma especie y observando la naturaleza, empieza a domesticar a las plantas. Para ello transforma numerosas especies no comestibles y minúsculas en alimentos carnosos y asimilables. Eso le proporciona más alimento disponible y da lugar a poblaciones más densas pero también le da la oportunidad de  desarrollar su ingenio, y las primeras toscas herramientas de piedra se van perfeccionando cada vez más.

Esta nueva relación con la tierra además hace que su conocimiento se vaya especializando y comienza a darse cuenta que había determinadas plantas que tras su ingesta le llevan a estados alterados de consciencia o incluso la muerte, pero también que si ajusta la dosis le pueden curar.

Más tarde comienza un proceso para domesticar de manera similar a los animales de su entorno,  que no tardan en  proporcionarle carne, leche, fertilizante y tracción animal para labrar la tierra.   De este modo, hace la voluntad de un Dios al que tiempo después rendiría culto y se sitúa por encima de la cadena trófica. Fructificad y multiplicaos, y llenad la tierra y sojuzgadla; ejerced dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre todo ser viviente que se mueve sobre la tierra. [ii]

Esta domesticación de los animales y las plantas impulsa el crecimiento de su cerebro por la mejora en la alimentación y ese hombre primitivo empieza a  aprender a colaborar con individuos de su misma especie. El hacerse sedentario también le da otras ventajas. Al no tener que transportar a niños de corta edad durante largas caminatas, puede tener y criar tantos hijos como pueda alimentar. Aparte de ello, también puede almacenar el excedente alimentario de sus nuevos campos de cultivo.

Pero la vida sedentaria no es fácil. Sus cultivos dependen de las veleidades del clima lo que convierte su sustento en algo inseguro. Además también requiere una vivienda estable, la propiedad del suelo y un poder suficiente para defenderse de otros de sus congéneres. De este modo, los hombres ya no podían dispersarse en grupos familiares sino que debían permanecer juntos y construir pequeñas comunidades para proteger sus propiedades contra cazadores salvajes. [iii]

Desde bien temprano,  el hombre empieza a sentir curiosidad por lo que le rodea. Ve eternos atardeceres y queda cautivado por su hermosura. Los animales de su alrededor le ofrecen una estampa  que colma su sensibilidad artística. Y así, de una manera casi natural, empieza a apreciar toda la belleza que hay a su alrededor. Por ello utiliza los materiales que tiene a su alcance para convertirlos en un lienzo que embadurna con sus manos, intentando representar el entorno natural en el que vive. 

Atenazado por su inteligencia y cultivando una curiosidad innata, quiere ir un paso más allá. La belleza de su mundo le cautiva, pero la incertidumbre a la que se enfrenta cada día le asusta.  Temeroso de sí mismo y del cosmos amenazante del que forma parte, siente la necesidad de dar un sentido a todo lo que ve. Para ello, al principio crea deidades de madera, de  piedra o de metal que actúan como un faro en la oscuridad de un bosque que apenas conoce.

Los recién estrenados cultivos le han hecho comprender los ciclos de vida y muerte y eso modifica su escala de valores, transformando el culto a los animales en culto a la fecundidad.

Cuando la cooperación entre individuos hace que de esas pequeñas comunidades se pase a asentamientos más grandes, enseguida aparecen otro tipo de deidades, imposibles de destruir, talladas en el espíritu invisible y que aspiran al reino de lo material.

Los cazadores recolectores tendían a organizarse en sociedades más igualitarias, pero de las sociedades sedentarias derivan  nuevos status de individuos.  Los burócratas, los reyes y una nueva casta política se hacen con el control de los alimentos producidos por otros y se reservan el derecho a fijar impuestos para mantenerlos, escapando de la necesidad de cultivar su propio alimento.  De ese modo, el hombre pega un salto de la pequeña horda nómada al multitudinario hormiguero donde la reina madre ya no requiere guerreros o cazadores sino obreros y guardianes. Pero también de ese modo, el despotismo de los poderosos tiranos se entremezcla en una cultura apenas incipiente y, sin oponer resistencia alguna, el género humano se aparta del progreso que la naturaleza le había prescrito. Incluso en ese momento el ser humano se hace indigno de su existencia, ya que su especie estaba llamada a dominar sobre la tierra y no a gozar como las bestias o a servir como esclavos. [iv]

Engullido por la nueva cultura autoimpuesta y en un vago intento de reducir la aleatoriedad sobre la que se cimienta la naturaleza,  este ser humano, temeroso de su libertad, acepta mediante contrato social [v]un peligroso pacto con el demonio. Calculando su interés personal, llega a la conclusión de que estará mejor formando parte de un Estado, aún rebosante de esa nueva clase política,  que en sociedades más sencillas abandonadas a su suerte. Esto le lleva a fortificar ciudades,  crear Estados y todo tipo de instituciones que aceleran su crecimiento y desarrollo a la vez que le da una cierta  seguridad.

La idea de Estado estaba bien en la teoría, pero no tarda en traicionarle sobre la base de sus propios principios. Las unidades más pequeñas y sencillas no abandonan rápidamente su soberanía para fusionarse a las grandes. Para ello, es necesaria la conquista o  la coacción extrema.

Inevitablemente, comienzan a  aparecer los conflictos de todo tipo. El más fuerte  siente la necesidad de proyectar sobre el resto su sombra orgullosa y el mundo se ve barrido por el demonio de la violencia.

El excedente de alimentos cobrado en forma de impuestos se utiliza para alimentar a soldados profesionales o  pagar a artesanos metalúrgicos que fabrican instrumentos de guerra, como espadas o flechas. Los grandes animales domesticados posibilitan el transporte de estos soldados y mercancías pesadas en grandes cantidades y con la domesticación del caballo, que le permite al hombre recorrer grandes distancias, las sociedades más fuertes empiezan a destacar.

Cada una de ellas se dedica a estrangular al vecino, en nombre de los mismos principios, intereses e instintos de Caín. Cada una reivindica para sí el derecho a la violencia, justificándose sobre el resto y surge la guerra como el fruto de la debilidad de los pueblos, pero también de su estupidez.

El individuo, emborrachado por el furor de la masa, es incapaz de ver que el enemigo no se encuentra fuera de sus fronteras, sino dentro y ninguna nación tiene el valor de combatirlo a tiempo.

Cuanto más grandes y más complejas se hacen las sociedades y sobre todo, cuanto más se recurre a la  subyugación para que los hombres se unan a estas, más aspiran los individuos a conseguir sus objetivos personales en detrimento del grupo y más se hace uso de la violencia contra estos individuos subordinados.[vi]

El Estado, como monstruo de cien cabezas, como Leviatán, se eleva  sobre las almas con la finalidad de dominar, absorber, someter y destruir todo, sin tolerar más grandeza que la suya.

Pone bajo sus órdenes a hordas de cleptócratas que recurren siempre al mismo patrón de comportamiento. Primero desarman al pueblo para armar a la élite. Luego  hacen felices a las masas mediante todo tipo de populismos y entretenimientos y, por último, utilizan el monopolio de la fuerza para promover la felicidad, mantener el orden público y reprimir la violencia ejercida por otros.[vii]

En ese punto su sociedad de otrora hombres libres,  pasa a estratificarse en únicamente dos tipos de hombres, la realeza sagrada y los esclavos.

Pero el monstruo no se conforma y cada vez va creciendo más a base de doblegar a los pueblos a su voluntad. Donde antes había un crisol de tribus indígenas, ahora solo existe una cultura común. Donde antes se hablaban cientos de lenguas, de repente un territorio común les abriga, obligándoles a vivir en comunidad.  Donde antes el hombre se reservaba para sí el uso de la fuerza a la hora de proteger sus intereses, ahora esa facultad es transferida al Leviatán, quien la monopoliza para hacer cumplir sus mandatos. De repente ha surgido un Saturno que engulle a sus hijos de manera incansable.  Una nueva deidad a la que  nada escapa a su control. Un nuevo Dios que exige culto y pleitesía y a cuyos pies corren genuflexos sus súbditos para evitar su ira.

Para afianzar su poder, de la nada crea  fronteras en los campos a las que llaman países lo que lleva a erigir otras fronteras invisibles entre creencias y costumbres. De ese modo, los hombres comienzan a vivir ajenos los unos  a los otros, simplemente traspasando esas fronteras para matarse entre ellos. La unión se vuelve una quimera rasgada por el acero del orgullo separador.

Pero a pesar de todo, hay un estadio en el individual al que ese Argos no llega ni llegará nunca. El estadio del alma.

Paralelamente al proceso de creación de estados, el hombre va agudizando cada vez más su sensibilidad artística. Lo que otrora eran vagos esbozos en roca viva, ahora son hermosos cuadros o bellas estatuas. A través de su arte, el hombre ha encontrado la manera de mirar cara a cara al Demiurgo e ir contra una de las principales leyes de su creación, polvo eres y en polvo te convertirás.[viii] Ese ser inferior, ese minúsculo insecto,  ha encontrado la forma de hacerse inmortal a través de su arte. Por primera vez,  el Dios que lo creó se vio obligado a reconocer la grandeza del espíritu que Él mismo había otorgado a los hombres. Pero también se dio cuenta de que ese espíritu no cejaría en su empezó de alcanzar la perfección y, por primera vez Dios se asustó  de los hombres.

De las más brillantes mentes comenzaron a surgir las más bellas creaciones. Esta vez era el demonio el que empujaba al alma del artista hacia su creación. Un demonio que exalta todos sus sentidos y lo arroja de manera convulsa contra sí mismo hasta dejarlo rendido. Un demonio que una vez que ha conseguido exprimir todo el fruto espiritual de la pobre alma atormentada que lo alberga, arroja la cáscara inservible a la basura.

Esas bellas creaciones son apreciadas por el resto de  los mortales con creciente admiración. Se habían dado cuenta que esa contemplación de la belleza hacía surgir en ellos un sentimiento de felicidad que no podían explicar con palabras. Tal era la excitación que sufría los sentidos, que incluso en los momentos tristes, esa contemplación estética les hacía emerger de la profundidad sus almas.

Mientras el hombre creaba y se recreaba, al Leviatán le iban creciendo los problemas.

Sus hijos, separados en un miríadas de lenguas como en la Torre de Babel, pero a la vez condenados a entenderse, descubrieron que comerciar entre ellos e intercambiar todo tipo de bienes y servicios era mucho más productivo que arrojarse los unos contra los otros.

Por ello establecieron todo tipo de redes  comerciales que calmaron los conflictos. Algunos más audaces, visitaron reinos lejanos llevando con ellos su mensaje. Y, de ese modo, poco a poco los pueblos se hicieron amigos. Aprendieron unos de otros. Intercambiaron conocimiento y valores y descubrieron que aunque hubiese personas que hablaban otras lenguas, en esencia tenían los mismos sentimientos y adolecían de los mismos problemas.

Eso llevó a los más sabios a reconocer que el individuo aislado, de ninguna manera podría comprender la infinitud y pronto los más ilustrados cayeron en la cuenta que el intercambio del conocimiento aceleraba el progreso común. [ix]

Los pueblos jóvenes se acercaron y aprendieron de los pueblos viejos sumando su fuerza a la sabia experiencia. Las ciencias comenzaron a estrecharse y surgió una nueva medicina en la que los antiguos ungüentos surgidos por ensayo error,  son sustituidos por calculados tratamientos capaces de calmar todo tipo de tormentos.

Los hombres comenzaron a amar la vida, incluso dieron gracias al Leviatán el castigo que les había impuesto, porque eso les había ayudado a comprender que bajo el pilar de la razón descansaba su propio crecimiento.

Poetas y artistas de todas las lenguas empezaron a alabar los sentimientos humanos y utilizaron esa razón como estandarte. Ya no era una fe dogmática y rígida la mano que mecía su arte, sino algo mucho más profundo.

Y de este modo, una nueva especie empieza a poblar la tierra. Un nuevo hombre espiritual y moral que  siente una terrible conmoción en su alma ante la sangre y la baja bestialidad humana,  que toda guerra necesita como tropa de asalto. Un hombre nuevo que siente impotencia al ver que en un Estado, la palabra ya no pertenece al alma, ni al cuerpo del individuo, sino que ambos pasan a formar parte de las  fuerzas sombrías e invisibles del Leviatán. Por ello,  intenta cambiar las cosas a través de su obra.

En este estado de júbilo, nunca antes las gentes habían amado tanto su patria y por extensión al mundo entero. Pero el Leviatán cada vez que miraba a su creación volvía la cabeza mordiéndose los labios con furia contenida. El mismo insecto que había asustado a Dios con su inmortalidad, ahora le miraba desafiante  directamente a los ojos. Él sería su siguiente objetivo y de manera irremediable, El Leviatán también se asustó de los hombres.

Pero tenía un plan. Sabía que sólo podía ser más fuerte si sus hijos no se mantenían unidos por lo que lanzó la discordia que, como manzana arrojada por Eris, provocó una nueva guerra de Troya.

De la noche a la mañana empezó la crispación dentro de los propios países. Hombres dirigidos por sus instintos más primarios y armados con un enorme carisma movían a su antojo a las masas que, sin saber muy bien qué hacer, caían víctimas de su hechizo.

Estos fanáticos mediocres, contemporáneos y de corta memoria, pregonaban desde sus tribunas un mundo ideal, un paraíso en la tierra, sin que el pueblo se diese cuenta de que ya venía de él. Su argumento más fuerte apelaba a un tribalismo casi olvidado, alimentando el odio contra todo individuo que se opusiese a su plan.

Irremediablemente empezaron a gestarse todo tipo de revoluciones que, como acontecimientos elementales, retumbaron con ímpetu sobre la esfera espiritual del ser, al igual que un huracán o un temporal lo hace sobre la tierra. Los hombres que crían guiarlas se vieron arrastrados, elevados por la vehemencia de las masas, creando diferencias entre la idea pura y la realidad profana.[x]

Una vez que los guías acariciaron el poder, tocaba repartirlo y aquí es donde esos intelectuales de salón chocaron contra los más bajos instintos humanos. De manera deleznable se empezaron a traicionar y a ajusticiar entre ellos y, como no podía ser de otra manera,  no dudaron ni un segundo en vender y traicionar a la masa que les ha apoyado, siempre buscando su propio beneficio.

Las emociones y las pasiones reprimidas, como otros elementos de la naturaleza como el agua, el fuego o el aire, cuando son comprimidos hasta el punto de su presión máxima, suelen hallar una válvula de escape donde nunca se esperaba que cediera. De este modo, el viejo mundo ideal, se vio arrastrado de nuevo a la violencia.

Los hombres que antes estaban unidos ahora se miraban de reojo,  irritados los unos con los otros. Lo que antes para los ilustrados, artistas o los sacerdotes era su herramienta de trabajo en forma de ciencia, arte o creencias, ahora era utilizado como arma mortífera.

Pero algo nuevamente no estaba dentro de los planes del Leviatán. El hombre, que había hecho aflorar tanto en Dios como en el diablo sentimientos que no sabían que tenían,  no se arrodilla de manera tan fácil tan fácil. Por eso el hechizo de ese fanaticus que ha creado es de corta mecha.  A medida que nuevos hombres van naciendo, las nuevas generaciones sustituyen a las anteriores y sienten un impulso de cambiar todo lo anterior. Impulsos que ni siquiera el más grande de sus dioses podría frenar. Esto es solo el comienzo de sus obras, y todo lo que se propongan lo podrán lograr[xi], había dicho su Dios.

Y vaya si lo logró. En un determinado momento, el hombre descubrió que el vapor generado de calentar agua podría utilizarse para mover una turbina y eso catapultó su crecimiento y desarrollo.

Se empezaron a construir todo tipo de objetos e instrumentos en serie, lo que cambió la rígida e inamovible clase estamental por una clase media cada vez más rica. Una clase media a la que ya no se accedía por el nacimiento y de la que se podía salir utilizando un poderoso aliado, el comercio.

Con las necesidades de la parte baja de la pirámide cubiertas empezó a desarrollarse una nueva ciencia y una nueva filosofía que venía a sustituir al misticismo y a los dogmas.

Hombres cultos y civilizados comenzaron a desarrollar por doquier sus teorías y se inició un proceso para ahondar cada vez más en el terreno inexplorado de la mente humana. El viejo mundo que reprimía sus instintos recibe nuevas órdenes. Los instintos no se pueden reprimir. Sólo puede sujetar a sus demonios quien los saca de su abismo y los mira directamente a los ojos.

Toda visión se transforma en contemplación, toda contemplación en reflexión y toda reflexión en asociación[xii]. Casi a  cada hora se anuncia una nueva victoria del humanismo. A cada momento se conquistan nuevos elementos  reluctantes del tiempo y del espacio. Las alturas y los abismos revelaban sus más profundos secretos a la curiosidad humana, ahora provista de prismáticos. La vieja anarquía alimentada por el canibalismo de la humanidad poco a poco empieza a ceder a la organización. 

Incluso el Leviatán deja de inmiscuirse en imponer a sus súbditos una moral interior.  Ya no exige moralismo real sino sólo en apariencia.

En este proceso de cambio, las artes también sufren una transformación. El nuevo deseo de fabricar todo en serie hace que el vulgo exija cada vez más y más y centenares de artistas se lanzan a creaciones anodinas que se olvidan al poco de salir al público.

El hombre de repente, sumido en un trance hipnótico, pierde ese  ideal de belleza  que le ha acompañado siempre y comienza a perseguir la fealdad. Una fealdad auspiciada por el  embotamiento temporal de sus sentidos,  atiborrados de la cantidad de datos que reciben día a día. El arte moderno irrumpe en la esfera social en una constante lucha por conseguir las más indecentes creaciones

Pero todavía en un mundo así no se puede dar todo por perdido. Unos pocos artistas siguen aspirando a la inmortalidad y aún logran conmover a los cientos de ojos y oídos que quieren hacerles caso.

La historia de la humanidad se ve sumida en un ciclo continuo de avance y retroceso debido a que durante el avance, la gente tiende a olvidar el periodo oscuro incluso idealizando aquello por lo que tanto tuvieron que luchar para ganar.

Entre los pueblos, a muchos les gustaría rescatar esa vieja libertad donde cada individuo aportaba a la empresa común de la humanidad para un progreso conjunto. Otros, en cambio, piensan que jamás un pueblo logrará esa unidad sin la vara de un pastor.

Todavía es demasiado grande esa confusión que insufló en su momento el Leviatán en las almas. Para el hombre es demasiado difusa la barrera entre libertad y seguridad. Pero si cada uno de nosotros utilizamos la razón y el conocimiento, que sacó al hombre de las tinieblas, rasgaremos el velo de Maya y las naciones volverán a encontrarse. Ese conocimiento es el único Zeus que puede derrotar a Saturno y librarnos de su parricidio. Solo él puede sacar a la humanidad del letargo inducido por el tirano.

La humanidad es una sinfonía de grandes almas colectivas. Quien para comprenderla o amarla necesita destruir o dominar parte de ella, solo demuestra que es un bárbaro y que su idea es completamente errada. Si todos hiciésemos lo que estuviese en nuestra mano, la fatalidad desaparecería. Esa fatalidad se nutre de nuestras abdicaciones. Y, si nos abandonamos a ella, todos debemos aceptar nuestra parte de culpa.

Seguimos compartiendo un noventa y ocho por ciento de nuestro programa genético con otras especies de chimpancé, pero hemos olvidado de donde venimos. En un afán de constante desarrollo y, en especial, con la tecnología moderna, el ser humano ha dejado de lado el hecho de que simplemente es un mono desnudo venido a más y que, en lo que se refiere a aspectos psicológicos, no ha evolucionado nada en los últimos milenios.

El paleontólogo Stephen Jay Gould postula que, no ha habido ningún cambio biológico en los seres humanos en cuarenta mil años. Todo lo que llamamos cultura y civilización lo hemos construido con el mismo cuerpo y el mismo cerebro.

Hemos creado cohetes que llegan a otros planetas pero no hemos conseguido dominar nuestras emociones más primarias, como la ira o el miedo. Mientras la tecnología nos facilita la vida, nuestra mente no cesa de crear problemas imaginarios sobre los que sentirnos preocupados constantemente.

Makxim Gorki, el novelista ruso, lo expresa de la siguiente manera, el hombre no es más que un montón de huesos, recubiertos de carne y de piel gruesa, y no es el espíritu que mueve ese repugnante montón, sino los apetitos[xiii]. Las gentes, formando sombrías y apretadas masas, se agolpan alrededor de la vida lo mismo que los mendigos harapientos rodean a la esposa de un rico mercader a la salida del templo, gimiendo, quejándose, llorando lastimeramente para pedirle que les prestase atención, y se estrujan unos a otros arrastrándose a sus pies con ansia suprema, con la locura horrible de los deseos miserables[xiv].

Filosofías como la estoica nos muestran que los mismos problemas y deseos miserables que preocupaban al hombre hace dos mil años están cada vez más presentes en la sociedad actual. Mientras la historia nos enseña que a cada momento ha sucedido algo diferente, la filosofía se esfuerza por hacernos comprender que en todos los tiempos fue, es y será lo mismo, dijo Schopenhauer.

Los cazadores recolectores tenían una vida solitaria, pobre, inmunda, brutal y breve[xv] auspiciada por el entorno en el que vivían. Nosotros, eternamente insatisfechos, tenemos todas las comodidades a nuestro alcance y nos empeñamos en buscar nuevas formas de ese dolor y, especialmente, de ese sufrimiento. Dolor que, ante la negativa inconsciente a enfrentarse a él, termina derivando en adicciones de todo tipo.

Al igual que esos primeros homo sapiens que poblaban la sabana africana, nos produce pánico la ausencia de un hilo conductor que permita comprender el caos que nos rodea a diario,  de modo que buscamos y concatenamos causas para formar historias y narrativas que tengan sentido para nosotros, ya que necesitamos creer que vivimos en un mundo causal y determinista.  Ese darle sentido al mundo hace retroceder la incertidumbre y espanta de manera temporal el miedo. 

Pero aceptando la certidumbre y aferrándonos a la seguridad  hemos perdido nuestro bien más preciado, la libertad. Al igual que antiguamente la condena al ostracismo, o el abandono forzoso de una comunidad como parte de un castigo eran sinónimo de muerte casi segura, esa comunidad cada vez se ha hecho más mayor y ha insuflado entre nosotros un miedo atroz a no ser aceptado por la misma. Esto nos lleva a comportamientos que en cualquier otra situación no estaríamos dispuestos a tolerar.

Todo esto hace que el hombre moderno sea absorbido progresivamente por una colectividad uniforme y sin rostro de individuos que acaba sofocando todo atisbo de su individualidad. Por ello, el hombre acaba creyendo, pensando, actuando, anhelando y sintiendo como la masa. Y por ello también, cada vez más está perdiendo todo aquello que le hace único, cambiándolo en su lugar por una predecible capacidad de actuar. Se está convirtiendo en la copia, de la copia, de la copia del que tiene al lado. Se ha transformado en un ser que no escucha,  no piensa,  ni tampoco habla. En su lugar opta por la vida aburrida y confortable del materialismo,  los placeres,  las tendencias,  el culto a las celebridades y otros medios superficiales de excitación y escape.[xvi]

Hace siglos, el hombre se da cuenta que por su cuerpo fluye una energía vital invisible que determina cómo se enfrenta a la vida. Una mano invisible que empuja a los seres humanos a despreciar la mediocridad y superarse a ellos mismos.

A lo largo de diversas culturas, esta energía se le da distintos nombres. El espíritu, el chi o el thumos solo son algunos de ellos, pero independientemente del término, se asocia con virtudes como el coraje, la constancia o la indomabilidad. La presencia de ese espíritu nos hace curiosos, nos empuja a despreciar la mediocridad y a ser la mejor versión de nosotros mismos. Por ello se asocia con la libertad y, en último término, con la felicidad evitando que la persona intente buscar esa felicidad en sustancias externas o prostituya su libertad a favor de un Estado.

Solo existe una libertad verdadera, la interior, la que sólo puede conquistar uno mismo para sí y esa libertad nace de nuestra energía interior. La locura de las masas, su eterna lucha de clases y naciones por el poder resulta dolorosa y ajena al alma humana.


[i] ¿Qué es la Ilustración? De Kant

[ii] Génesis 1:28

[iii] Fragmento de ¿Qué es la Ilustración? De Kant

[iv] Ibíd.

[v] El contrato social es un término acuñado por Jean Jaques Rousseau.

[vi] El reino de Dios está en vosotros, de Tolstoi

[vii] Diamond, J. (2013) Armas, gérmenes y acero. Debolsillo

[viii] Génesis 2:16-17

[ix] Zweig, S. (2016) El legado de Europa. Acantilado

[x] Ibíd.

[xi] Génesis 11:6

[xii] Goethe

[xiii] Páginas de un descontento, de Makxim Gorki

[xiv] Ibíd.

[xv] Leviatán de  Thomas Hobbes

[xvi] Nietzsche, F. (2017) Así habló Zaratustra. Planeta

El nacimiento del arte y el espíritu creador

Stefan Zweig entiende el demonio como un remanente del caos original del mundo. Algo que desafía a los hombres creativos, poseídos por él y les arranca de las manos, a la fuerza, el timón de la voluntad de manera que son tambaleados por la tempestad y chocan contra las peñas de su destino.

El demonio es un fermento convulso que empuja al ser, a menudo tranquilo, hacia lo peligroso, hacia el exceso, al éstasis y hasta la anulación de sí mismo.La mayoría de las personas, de manera general sabe adormecer esa fuerza por medio del orden. Solo en momentos aislados ese cosmos interior entra en ebullición y lo domina hasta en las existencias más tiviales y sobre todo en el alma, donde reina esa fuerza que sale del cuerpo.

En cambio, en toda persona con un espíritu creador hay una inquietud que le hace marchar siempre hacia adelante, descontento con su trabajo. Todo cuanto nos eleva por encima de nosotros mismos, de nuestros intereses personales y nos lleva, llenos de inquietud, hacia interrogantes peligrosas, lo debemos de agradecer a esa porción demoniaca que llevamos dentro.

“Así como los hombres arrancan sus más preciosos metales de las tenebrosas profundidades de las minas, entre los peligros del grisú, muy por debajo de la superficie donde la vida transcurre segura y tranquila, así el artista consigue sus verdades más resplandecientes, sus últimos conocimientos, sólo de los abismos más peligrosos de su naturaleza” Ese demonio se apodera de estos hombres que no saben domarlo a tiempo y con sus manos les arranca la voluntad arrastrándolos como un buque sin timón. La inquietud siempre es el primer síntoma. Inquietud en la sangre. Inquietud en los nervios. Inquietud en el espíritu. Ese demonio interior, no puede alcanzar la inmensidad si no es destruyendo todo lo terrenal por lo que el cuerpo que lo encierra se dilata primero y luego estalla por la presión interior.

Todo espíritu creador cae facilmente en la lucha contra el demonio. Cuando este reina como amo y señor en el alma del poeta, surge un arte de embruiaguez, de exaltación, convulso y de borrachera. La tensión creadora es tan terrible para el pobre huesped que se olvida de comer, se olvida de dormir, se olvida de su propia vida. Aquel a quien el demonio estrecha su puño, se ve arrancado de la realidad.

Cuando la ciudad de Siracusa fue conquistada, los soldados penetraron en ella y empezaron a saquearla. Uno de ellos entró en casa de Arquímedes encontrando a un matemático en medio de su jardín donde con su bastón dibujaba figuras geométricas. Entonces se abalanzó sobre él con la espada desnuda y el pensador solo, poseído por ese demonio y en estado de concentración creadora solo murmuraba: “no alteres mis círculos”. No se había perdacado de los gritos vencedores ni los estertores de sus compatriotas asesinados. No sabía que el enemigo había ocupado la ciudad. En aquel instante de extrema concentración no estaba en Siracusa , estaba en su problema matemático.

Cada vez que surge algo que antes no existía, como por ejemplo cuando nace un niño, nos vence la sensación de que ha acontecido algo sobrenatural. Como un milagro creado por un Dios ajeno. Cuando ese algo no tiene una duración determinada sino que tiene fuerza para sobrevivir a nuestra propia época y a todos los tiempos por venir, ese milagro solo aparece en la esfera del arte.

De repente el artista ha creado de la nada algo que es más persistente que la madera o que la piedra y por encima de todo, más persistente que nuestra propia vida. Por medio de él, lo inmortal se ha hecho visible a nuestro mundo transitorio.

Cuando el demonio posee al artista, este no tiene tiempo ni lugar de observarse a sí mismo cuando se halla en el estado apasionado de la creación. Un estado al que los griegos se referían como ekstasis, que no significa otra cosa que “fuera de sí mismo” y que hace que el artista no se encuentre en otro sitio que en su obra

Un día un amigo de Balzac entro en su estudio. Balzac, que estaba trabajando en una novela se levantó de golpe, tomó a su amigo por el brazo y le dijo con lágrimas en los ojos “¡Qué horror! La duquesa de Langeais ha muerto”. Su amigo nunca había oido hablar de tal princesa, que no era sino una de las figuras de la novela de Balzac. Salvando todas las distancias y sin querer compararme con Balzac, es algo que yo he experimentado en la creación de una de mis novelas.

Toda creación debe materializarse y convertirse en materia para que la comprendamos. Una flor no es todavía una flor cuando permanece encerrada en su capullo o su germen bajo la tierra. Solo lo es cuando se despliega visiblemente su forma y color

A veces pasa que durante el proceso de creación, esa lucha contra el demonio que quiere salir se convierte en una lucha encarnizada y a muerte. Beethoven por ejemplo luchaba contra su genio como Jacob con el ángel, hasta que le concediese lo último y supremo. Sufría todos los dolores terrenales posibles antes del alumbramiento. Garabateaba mil páginas, introducía cambio tras cambio, con rasgos salvajes ensuciaba toda la hoja y empezaba de nuevo, siempre insatifecho y ansioso por un mayor grado de perfección. En cambio Mozart era todo lo contrario. Su proceso de creación era bienaventurado, sin apenas trabajos preparatorios ni apuntes. No le hacía falta buscar la melodía sino que esta venía a él. Mozart juega con su arte como el viento con las hojas. Bethoven lucha contra la música como Hércules y la Hidra. En cambio, el resultado final era perfecto y armonioso en ambos casos.

Goethe, el gran autor alemán, empezó su drama Fausto a los 18 años y lo terminó con 82. En cambio Lope de Vega era capaz de escribir un drama en 3 días sin detener la pluma.

En los últimos años de su vida, Van Gogh pintaba hasta 3 y a veces 4 cuadros por día. Aún no se había secado el primero y ya había acabado el segundo. En cambio Leonardo dedicaba a un solo cuadro, su Mona Lisa, dos o tres años, una sola hora al día o como mucho dos.

A veces ese demonio no sigue al artista a lo largo de toda su vida en un estado permanente de creación, sino que muchos artistas no son capaces de escribir ni siquiera una línea cuando no se sientes llamados por él. Hasta un músico como Richard Wawner sufría semejantes épocas de vacío absoluto. Durante 5 años en la mitad de su vida, cuando ya había producido Thanhauser y Lohengrin, se sintió incapaz de escribir un solo compás de música.

Todo camino que conduce a la perfección es adecuado y cada artista no debe ir por más que por el suyo propio. Sería interesante participar en el secreto de creación de una obra. Admirar un cuadro de Rembrant por ejemplo y a su vez ver los dibujos y los croquis, los esbozos correspondientes y lo que ha rechazado el autor o lo que ha colocado en la obra.

Nunca comprenderemos una obra con solo mirarla. Ninguna obra de arte se manifiesta con toda su grandeza y profundidad. Cada obra de arte quiere ser conquistada, como una mujer antes de ser amada. Cuanto más nos esforzamos por penetrar en el ministerior personal del autor, más nos acercamos al demonio de su arte.

Este artículo lo he escrito utilizando como base “El misterio de la creación artística” de Stefan Zweig y “La lucha contra el demonio” del mismo autor. ambos libros muy recomendables

LA VUELTA DE LA MEDICINA A SUS ORÍGENES

El cuerpo acoge la salud como algo normal de la misma manera que los pulmones reciben aire o los ojos luz. En cambio, la enfermedad irrumpe de pronto como algo extraño y nos arranca un sinfín de sentimientos opuestos como miedo, fe, esperanza, desanimo, humildad o desesperación. La salud no necesita ser explicada, en ambio la enfermedad hace que todo hombre atormentado le busque un sentido.

Precisamente ese sentimiento de sufrimiento ha inspirado la idea de un dios como ser superior al que ofrecer la sensación de angustia.

La enfermedad parece enviada por alguien que de manera incomprensible ha de tener un motivo para afligirla en el cuerpo terrenal. Alguien que quiere castigarlo por alguna culpa o ley infringida. Ese alguien solo puede ser una especie de Dios y por eso, desde el primer momento la enfermedad va intimamente ligada al sentimiento religioso.

Ante tal sufrimiento, el hombre primitivo solo conocía una manera de protegerse, mediante la oración o el sacrificio. Nada podía hacer contra ese Dios todopoderoso, de modo que no le quedaba más remedio que humillarse ante él, rogarle y pedirle perdón.

Como Dios no se manifiesta ante el ignorante, ese hombre primitivo se veía obligado a buscar a alguien que hiciese de mediador, un hombre más sabio y experimentado que conociera las fórmulas para aplacar las fuerzas oscuras y calmar la ira de Dios. De ese modo apareció la figura del sacerdote.

Si uno enfermaba hace mil años era muy importante donde vivía. En Europa ese sacerdote diría que para recuperar la salud el enfermo tendría que entregar algo a la iglesia, rezar fervientemente o realizar una peregrinación. En Oriente Próximo sus equivalentes le dirían al enfermo que sus humores corporales estan desequilibrados y para armonizarlos tendría que hacer una dieta equilibrada y ponerse lociones malolientes. En India los expertos ayurvédicos le recomendarían un tratamiento de hierbas, masajes y posturas de yoga para equilibrar los doshas. Los médicos chinos, los chamanes siberianos, los brujos africanos, los curanderos amerindios, cada reino y tribu contaba con sus propias tradiciones y expertos, cada uno de los cuales tenía una idea distinta del cuerpo humano y la naturaleza de la enfermedad. Algunos funcionabal bien y otros, directamente suponían una sentencia de muerte.

Toda medicina en la Tierra aparece como reacción del espíritu ante la prueba enviada por Dios. Solo existen dos estados, la salud o la enfermedad entendida como algo general, y para este último estado solo hay una causa y una cura, que es Dios. Por ello, los sacerdotes, únicos conocedores de estos misterios, ejercían el arte de la medicina no como ciencia práctica sino exclusivamente como secreto.

Esta unidad del principio pronto se ve disuelta cuando aparece ciencia y tiene que despojar a la enfermedad de su origen divino, para ello excluyendo ese enfoque religioso. El médico renuncia a cualquier actuación espiritual y ese fenómeno anímico llamado enfermedad entendido de manera general, comenzó a desintregrarse en innumerables enfermedades particulares, perfectamente clasificadas.

Desde ese momento, la medicina ya no trabajaba con intuiciones individuales sino con realidades objetivas. La curación ya no se llevaba a cabo por acontecimientos milagrosos sino por calculados tratamientos por parte del médico.

Esta profesionalización alcanza su apogeo más extremo en el siglo XIX cuando se introdujo un tercer elemento entre la persona y el médico: el aparato. El microscopio le descubrió el germen bacteriológico, el manómetro comprobaba pulsaciones, la radiografía le ahorraba la visión intuitiva y el tratamiento se sustituyó por una plétora de productos químicos que dosificaba y preparaba en cápsulas.

De ese modo, la enfermedad, otrora algo extraordinario en el mundo personal, se va convirtiendo en lo contrario, un caso corriente y típico de duración calculada.

En las clínicas esas enfermedades eran clasificadas en secciones especializadas, con sus gerentes igual que un establecimiento comercial. Los médicos corrían de cama en cama muchas veces sin siempo para echar una ojeada al rostro de la persona afligida. Las organizaciones de seguros médicos por su parte contribuyeron a esta desespiritualización y despersonalización. De este modo, el médico de cabecera se ve arrojado fuera de esta cadena de montaje y se extingue como un ser antediluviano.

Al contrario que en la antiguedad, una persona que se ponga enferma a partir de este momento de la historia da un poco igual donde viva. Los hospitales de todo el mundo tienen un aspecto similar y los médicos utilizan los mismos protocolos e idénticas pruebas para emitir diagnósticos similares. Despues prescribirán las mismas medicinas de las mismas farmacéuticas internacionales.

Contra esto, la masa del pueblo, ignorante, seguía mirando la enfermedad como algo sobrenatural. Ningún manual le podrá convencer jamás de que la enfermedad sobreviene de manera natural. El rechazo por parte del pueblo del docto médico universitario nace del anhelo de un “médico natural” vinculado al universo, hermanado con los animales y las plantas, experto en misterios, convertido en médico y autoridad por instinto, no por una licenciatura.

El pueblo seguía prefiriendo como mediador, en lugar del frío instrumento, al hombre vivo y de sangre caliente. La herbolaria, el ovejero, el exorcista o el hipnotizador despertaban en el mundo rural más confianza que el médico municipal con título y derecho a pensión.

La ciencia, conocedora de esa resistencia desde hace tiempo, intentó combatirla en vano. De nada sirvió aliarse con los estados e incluso forzar una ley contra los curanderos y naturistas. Los sentimientos que en los más hondo son religiosos nunca sesofocaron por artículos legales.

Por lo tanto, estos curanderos continuaron ejerciendo bajo la sombra de la ley igual que en tiempos medievales. Pero los auténticos peligrosos adversarios de ciencia académica no venía del mundo rural sino de las propias filas de los médicos. La gran revuelta contra la especialización de la medicina ha venido siempre de la mano de médicos aislados e independientes.

De la misma manera que el cuerpo sabe transformarse a sí mismo y poner fin a un proceso de enfermedad, la misión principal de toda medicina humana debería ser no cruzarse obstinadamente en el camino de la naturaleza. La naturaleza misma es el médico interior que todos llevamos dentro desde el momento de nacer y por esa razón sabe más de enfermedades que el especialista, que examina el síntoma desde fuera.

La medicina moderna trata el enfermo y a su enfermedad como un objeto y le asigna un papel casi despectivo de pasividad. El paciente no tiene nada que decir ni preguntar. La clave está en la palabra “tratamiento”, pues mientras en la medicina cinentífica el paciente es tratado como objeto, la “curación por el espíritu” le exigía que él mismo se tratase anímicamente, como sujeto, como agente y principal ejecutor de la cura.

Este grupo de individuos aislados se enfrentó cual Espartaco contra una organización colosal que abrazaba al mundo entero y siempre que un hombre no ha empleado otra cosa que la fuerza de su fe contra todas las potencias aliadas del mundo y se lanza a un combate caracterizado por su escasa probabilidad de éxito, manifiesta toda la tensión creadora del espíritu y saca fuerzas inconmensurables de la nada.

Por supuesto nada de ese sistema arcaico de curación hizo ni ha hecho retroceder ni un ápice la espléndida organización de medicina moderna. El triunfo de algunos sistemas psíquicos de cura no demuestra en absoluto que la medicina científica estuviera equivocada. Es solo esa presunción de autoridad la que ha sufrido un duro golpe.

Hay un gran número de ejemplos de curaciones que antes eran ridiculizadas y tachadas de medievales que ahora se han convertido en novedosas y actuales. De manera inequívoca se nota en los médicos más juiciosos una nostalgia por el viejo método universalista. Después de que el afán productivo de saber ha investigado el cuerpo hasta su última célula, vuelve de nuevo la mirada hacia la total esencia de la enfermedad.

Separadas desde hace siglos, las corrientes de medicina orgánica y psíquica empiezan a acercarse de nuevo. Toda separación tiende de nuevo a la unidad. Todo lo racional vuelve una y otra vez a lo irracional y cuando, despues de siglos, una ciencia estricta ha ahondado en la materia y la forma del cuerpo humano hasta sus fundamentos, se plantea de nuevo la cuestión del espíritú que construye el cuerpo.

Para escribir este artículo he utilizado como base el libro de Stefan Zweig La curación del espíritu y también algunos pasajes de 21 lecciones para el siglo XXI de Yuval Noah Harari.

El lado oscuro de los socráticos

Constantemente leo en algunos foros que se tiende a idealizar la vida y obra de filósofos como Sócrates, Platón o Aristóteles. Estoy seguro que muy pocas personas han leído obras completas de los dos últimos y, haciendo lo que los ingleses llaman cherry picking,  solo se han quedado con las frases sueltas que rulan por ahí y más se adecúan a su forma de pensar. Yo mismo los he nombrado en muchas ocasiones y no niego que su contribución al mundo de la filosofía ha sido inmensa, pero no olvidemos que son hijos de su época, y como tal, si ahondamos en su filosofía, podemos ver que hace aguas en muchos puntos.

Se decía que Sócrates corrompía a la juventud de Atenas por eso fue condenado a muerte, obligado a beber cicuta. Al parecer esta corrupción consistía en incitar a los jóvenes  abandonar la tradición de trabajar en el taller de su familia para ir con él a buscar la virtud y otros términos esotéricos.

Aristóteles fue un fiel defensor de la esclavitud y del trabajo gratuito con herramientas vivas, así como que los dueños de esos esclavos pudiesen hacer con ellos lo que considerasen necesario. Su Política compara una economía sin esclavos con un telar sin tejedor mirando con desprecio a los comerciantes y otros empresarios y de esa manera contradiciendo a toda la tradición comercial de Atenas. Esa adoración  a la esclavitud hizo que en la comarca de Atenas hubiese una relación de 15 esclavos por cada hombre libre.

No olvidemos tampoco que Aristóteles fue tutor del hijo de Filipo II de Macedonia, tirano que acabó con el entorno de libertad de las ciudades estado de Grecia  y ese hijo acabó convirtiéndose en el dictador y demente Alejandro Magno. Para romper una lanza en su favor, diremos que Aristóteles aceptaba, no sin cierto recelo,  la propiedad privada y la libertad individual le parecía deseable e inevitable. Pero también, en su falta comprensión del orden espontáneo del mercado, dice que es imposible concebir una ciudad estado de cierto tamaño,  porque sería imposible organizarla bajo un poder central.

Aunque la supervivencia de los atenienses dependiese de la exportación de cereal, el ideal aristotélico  nunca dejó de ser un autarkos, es decir, un orden basado en la autosuficiencia. Para el pensador, todo orden de la actividad humana debe proceder de la organización deliberada de un poder central, dejando totalmente de lado la existencia del mercado. El comercio, es decir, la producción basada en el lucro, para él era no acorde con la naturaleza humana.

Era incapaz de entender que en el siglo V, es decir, en una época anterior, la civilización sin comercio era incapaz de superar una existencia nómada  y también de levantar ciudades  o dejar prueba de su grandeza.

De haber conseguido sus coetáneos lo que predicaba Aristóteles, Atenas no habría pasado de ser una simple aldea y nunca hubieran podido vivir en ella sin dar un palo al agua gente como Sócrates, por ejemplo.

Precisamente, la República perfecta de Platón está organizada desde arriba por intelectuales, que al ser los más listos, debían imponer por la fuerza sus mandatos al resto.

Lo fundamental es que jamás nadie de un solo paso que no esté mandado y viva siempre mirando y siguiendo al jefe. Debemos entrenar al alma para que ni siquiera considere la posibilidad de actuar como un individuo o saber cómo se hace eso.

Platón, Las Leyes

El filósofo también consideraba la esclavitud como imprescindible para una sociedad civilizada.

Platón odiaba profundamente la democracia ateniense de su época y rindió admiración por su vecina Esparta. Una sociedad militarista que desdeñaba a los empresarios, artesanos y comerciantes en la que todos los recursos estaban puestos a disposición de todo el mundo.

Una sociedad en la que sus mujeres sean comunes a todos los hombres y ninguna pueda cohabitar privadamente con alguno, siendo sus hijos también comunes.

Platón, La República

Los niños eran separados  de sus madres desde los siete años y entregados a la tutela del estado que muchas veces los abandonaba en cavernas para que murieran.  Su entrenamiento, de intemperie y hambre los empujaba a engañar y robar como modo de subsistencia, cosa admirable para ellos. Los que nacían incapacitados para luchar o con alguna deformidad, directamente eran despeñados para conservar la pureza de la raza

Reprochaban a los atenienses ser libertinos y afeminados y despreciaban a las demás polis por no someter lo individual a lo colectivo.

Los espartanos prohibieron la música y permitían a los esclavos practicar las manualidades necesarias únicamente para subsistir. Esparta no permitía ningún tipo de sistema monetario ni comercio ya que consideraban que la adquisición de riqueza sembraba egoísmo y debilitaba la disciplina militar.

Mientras tanto, sus vecinos atenienses se hacían a la mar y aprendían a adaptarse al mundo en constante evolución. Su fin no era anexionar territorios sino comerciar con ellos para sacar un beneficio mutuo. A la vez que Atenas se hacía cada vez más fluida y creativa, Esparta se convertía en más rígida.

En el 431 Antes de Cristo estalló la guerra entre Atenas y Esparta. Tras 20 años, los espartanos emergieron victoriosos.

Habían sido instruidos en la guerra pero no en política ni economía y al no estar acostumbrados, la riqueza y el estilo de vida ateniense los sedujo y apabulló. Los gobernantes sucumbían peores formas de corrupción y eso hizo que Esparta se debilitara por momentos. No fueron los ejércitos los que los derrotaron sino el dinero ateniense y, en el largo plazo, Atenas se convirtió en el conquistador.

Los filósofos griegos fueron incapaces de entender el orden espontáneo del mercado y la naturaleza cambiante de las instituciones. Sus oponentes los tan denostados sofistas entendieron mucho mejor ese orden espontáneo o algunos otros   filósofos como Jenofonte.  En su arrogancia, creyéndose más listos que nadie, alimentaron el socialismo de ingeniería social, o lo que en tiempos modernos se llama racionalismo cartesiano. Esto se basa en pensar que la razón el ser humano lo puede todo. Se pone tal confianza en esa razón que pensamos que por vía científica se pueden solucionar todos nuestros problemas. Que introduciendo una serie de datos, daremos con un algoritmo que consiga organizar la sociedad de una manera justa  y eficiente. Aún a día de hoy, tras muchos intentos fallidos de ese tipo de socialismo a lo largo de la historia de la humanidad, no hemos llegado a comprender que una sociedad organizada por mandato desde arriba es imposible.

FUENTES

  • Platón, La República
  • Escohotado, A. Los enemigos del comercio I. La historia moral de la propiedad. Espasa
  • Platón,  Las Leyes
  • Geene, R. Las 48 leyes del poder. Espasa
  • Hayek, F. La fatal arrogancia

Víctimas de nuestra mente

Si has vivido lo suficiente sabes que las personas están gravemente heridas. Cuando eres joven y tienes poca experiencia tiendes a pensar dos cosas. Por un lado que hay alguien por ahí que es perfecto y por el otro que hay alguien por ahí que es perfecto para ti. Es probable incluso que encuentres a esta persona hipotéticamente perfecta, a al que verás en un estado de delirio y te enamores perdidamente de ella amando más a tu propia imagen de perfección que a la persona en sí. Pronto te das cuenta de que estas dos máximas son incorrectas y de que nadie es perfecto.

Estamos hambrientos. Tenemos hambre de aprobación, hambre de atención, hambre de afecto. Tenemos hambre de libertad para aceptar la vida, conocernos y ser realmente nosotros mismos. Pero ese hambre, atrae una serie de consecuencias asociadas, sobre todo si no se sabe gestionar bien y una de las consecuencias principales es nuestra propia victimización.

Sufrir es algo inevitable, lo que cambia es la forma de reaccionar ante ese sufrimiento. La ciencia determina nuestros sentimientos y como influyen en nuestra conducta. Por lo tanto, para modificar esa conducta debemos modificar nuestros sentimientos y para modificar nuestros sentimientos, debemos cambiar nuestros pensamientos.

A lo largo de nuestras vidas tendremos experiencias desagradables, cometeremos errores y no siempre tendremos lo que queremos. Eso forma parte del hecho de ser humano. El problema y la base de nuestro sufrimiento constante es la creencia de que el malestar, los errores y la decepción indican algo sobre nuestra valía. La creencia de que las cosas desagradables en nuestra vida son lo que nos merecemos.

Todos en nuestra vida podemos padecer algún tipo de desgracia o abuso provocado por las circunstancias en algún momento. Somos víctimas de un ataque que viene del exterior y no podemos hacer nada contra ello.

En cambio, el victimismo procede del interior. Nadie puede convertirnos en víctimas excepto nosotros mismos. Muchas veces nos aferramos a nuestra propia victimización y desarrollamos una mentalidad de víctima. Una forma de pensar rígica, culpabilizadora, pesimista, atrapada en el pasado, implacable y castigadora fuera de los límites saludables. El monólogo interior hace que nos convirtamos en nuestros propios carceleros.

“Considera cuan vehementes son los sentimientos de los animales y sin embargo, cuan cortos. Cuando la fiera ha vuelto algunas veces a su guarida despoblada por el cazador, y siguiendo los ratros de sus cachorros, ha reccorido el bosque, en muy poco tiempo extingue su rabia. Las aves lanzan agudos fritos alrededor de su despojado nido y en pocos momentos después se calman y emprenden el acostumbrado vuelo. Ningún animal lamenta por mucho tiempo la pérdida de sus hijos, si no es el hombre, que ayuda a su dolor, no siendo su aflicción como la experimenta sino como se la propone. […] El fuego quemará a todos, el hierro tendrá sobre todos los cuerpos su propiedad de cortar. Pero la pobreza, el luto o la ambición impresionan a unos y a otros según influye en ellos la costumbre haciéndonos débiles y cobardes”

Séneca

Piensas que no eres lo bastante bueno o que no hay sitio para tí en el mundo. Así es como malinterpretamos los hechos en nuestras vidas. Como asumimos las cosas sin comprobarlas. Como nos inventamos una historia que nos explicamos a nosotros mismos reforzando lo que ya sabemos.

No podemos elegir tener una vida sin dolor. Pero podemos decidir ser libres, escapar del pasado suceda lo que suceda y adaptarmos en la medida de lo posible.

Tal vez a vida sea un estudio de las cosas que no tenemos pero nos gustaría tener y de las cosas que tenemos pero que no nos gustaría tener, pero es importante cambiar el enfoque. En lugar de preguntarnos ¿por qué vivimos? la pregunta es ¿qué puedo hacer con la vida que he recibido?

Cuando nuestra necesidad de autorrealización entra en conflicto con nuestra necesidad de valoración positiva (o viceversa) podemos optar por reprimir, esconder o ignorar nuestra propia personalidad y deseos. Cuando llegamos a creer que no hay manera de ser amado ni de ser auténtico, corremos el riesgo de negar nuestra verdadera naturaleza.

Los comportamientos autodestructivos surgieron en primer lugar como comportamientos útiles, como cosas que hacían para satirfacer una necesidad de aprobación, afecto o atención. Una vez que descubres por qué has desarrollado determinado comportamiento (despreciar a los demás, comer demasiado, unirse a personas iracundas…) puedes asumir la responsabilidad de mantener o no dicho comportamiento. Puedes aprender a cuidarte mejor y a aceptarte dándote cuenta de que cuando anestesiamos nuestros sentimientos con comida, alcohol u otras conductas compulsivas no hacemos más que prolongar nuestro sufrimiento.

Pensamos que el tiempo lo cura todo pero no es así. El tiempo no cura, lo que cura el lo que haces con el tiempo. Curarse es posible cuando decidimos asumir la responsabilidad. Cuando decidimos correr riesgos y, por último, cuando decidimos liberarnos de la herida y dejar atras el pasado o la pena.

La mayoría de nosotros queremos un dictador para poder pasarle la pelota y decir “tú me has obligado a hacer esto. No es culpa mía”. Pero no podemos pasarnos la vida debajo de un paraguas ajeno y luego quejarnos de que nos estamos mojando. Mientras responsabilicemos a otra persona de nuestro propio bienestar continuaremos siendo víctimas.

Puedes vivir para vengarte del pasado o para enriquecer el presente. Puedes vivir en una prisión o dejar que ese pasado sea el trampolín que te ayude a alcanzar la vida que deseas.

La ira no es un valor, solo un sentimiento. Significa que estas vivo. La ira, por muy absorvente que sea, nunca es la emoción más importante. Solo es la punta de la lanza. Una fina capa superior expuesta a un sentimiento mucho más profundo. El verdadero sentimiento disfrazado por la máscara de la ira es habitualmente el miedo. Y no puede existir amor y miedo al mismo tiempo.

Cuando pierdes los estribos, puede que te sientas fuerte en el momento pero en realidad estas entregando tu poder. La fuerza no consiste en reaccionar sino en responder. Sentir lo que sientes, meditar sobre ello y planear una acción que te aproxime al objetivo.

Los instintos más básicos y poderosos como la sed, el apetito, la ira, la alegría y la lujuria pueden ascender con facilidad, adueñarse de nosotros y pugnar entre ellos. No es fácil lograr la resilencia y la fuerza de un espíritu unido pero una casa dividida contra sí misma no se sostiene.

Una persona que no está bien compensada reacciona de manera exagerada ante la más mínmima señal de frustración o de fracaso. No se la puede satisfacer porque no puede conseguir lo que quiere e incluso el argumento más débil la puede paralizar. Así pues, a una persona con grandes conflictos, aunque arremeta con cólera y se revelva, se la puede detemer metafóricamente poniéndole un solo dedo en el pecho.

La duda nos carcome y la certidumbre nos aplasta. Esas fueron las dos alternativas que pronosticó Nietzsche para lo que iba a suceder tras la muerte de Dios.

Nunca he conocido a nadie que decidiera conscientemente vivir en cautividad. Sin embargo, si he sido testigo una y otra vez de lo dispuestos que estamos a entregar nuestra libertad espiritual y mental. Es decir, ceder a otra persona o entidad la responsabilidad de guiar nuestras vidas y de decidir por nosotros. Para ver más sobre como esto ha influido negativamente en el curso de la historia, puedes leer esta entrada

Por muy pequeños que seamos en el gran plan de universo y el tiempo, cada uno de nosotros es un pequeño mecanismo que hace que la rueda gire. A veces, en los peores momentos de nuestras vidas, lo momentos en los que nos asedian los deseos negativos que amenazan con desquiciarnos con la insostenibilidad del dolor que debemos soportar, son en realidad los momentos que nos llevan a entender nuestra valía. Es como si adquiriéramos consciencia de nosotros mismos como un puente entre lo que ha sucedido todo lo que sucederá.

Nuestras experiencias dolorosas no son un handicap sino un regalo. Nos proporcionan perspectiva y sentido. Una oportunidad de encontrar nuestro objetivo y nuestra fuerza

No sabemos a donde vamos, no sabemos qué va a pasar pero nadie puede quitarte lo que pones en tu mente.

Proponte algo profundo y excelso. Si a medio camino encuentras una vía mejor, cambia de rumbo. Pero cuidado, no es fácil distinguir entre cambiar de senda y rendirse. Elige la mejor meta que se te ocurra e intenta alcanzarla, aunque te tambalees. Percátate de tus errores y malentendidos, afrontalos y corrígelos. Ordena tu historia: pasado presente y futuro.

La disciplina y la transformación te impulsarán hacia delante. Con voluntad y suerte encontrarás una historia magnífica que mejorará con el tiempo y quizá incluso te brinde algo más que unos pocos momentos de alegría y satisfacción.

Todo lo que no se renueva se estanca y no cabe duda de que una vida sin curiosidad, ese instinto que nos empuja hacia lo desconocido, sería una forma de existencia emasculada. Manten un pie en el orden mientras estiras el otro a tientas hacia lo desconocido. Solo así podrás encontrar el equilibrio

Para escribir este artículo he utilizado como base el libro “La bailarina de Auschwitz” de Edith Eger y “Más allá del orden” de Jordan B. Peterson

El peor enemigo de la libertad

No hace mucho, en un podcast se planteaban la pregunta de cuál es el peor enemigo de la libertad dando una serie de argumentos. Bajo mi punto de vista el peor enemigo de la libertad es la seguridad.

La seguridad es el orden, la libertad es el caos. La seguridad es lo conocido, el ejército para los tiempos de paz, las tarjetas de crédito, las aulas, las colas del supermercado. La seguridad también son los semáforos, el trayecto de tu casa al trabajo. La seguridad es el suelo que pisas, el lugar donde el mundo se comporta tal y como esperamos, donde podemos pensar a largo plazo ya que las cosas funcionan. La seguridad es cuando cuentas con un amigo fiel, es la geometría, la estabilidad del matrimonio. Cuando la vida te sonríe. Pero la seguridad, al igual que el orden, tiene un problema. Es uniformidad, tiranía y desgaste. Sólo hay un resultado posible. Cuando la seguridad se lleva demasiado lejos entra en desequilibrio y puede manifestarse también de una forma destructiva y horrible.

La libertad por otro lado, al igual que el caos, es lo desconocido. La libertad es el dominio de la ignorancia, el extraño que se oye entre los arbustos por la noche, la desesperación, las aristas afiladas, la aleatoriedad. Estamos en un estado de libertad cuando no sabemos dónde estamos, cuando el miedo nos aborda. La libertad es la madre osa que te identifica como potencial depredador y te mata para proteger a sus crías. Pero nos guste o nos de miedo, esa es la verdadera libertad. Un mundo de posibilidades infinitas y del cual surgen las ideas.

“Quien renuncia a su libertad por seguridad, no merece ni libertad ni seguridad”

 Benjamin Franklin

La plena libertad no es posible sin la seguridad, porque en tal caso se convierte en caos, del mismo modo que la seguridad no el posible sin la libertad, pues entonces se convierte en tiranía. La mayoría de la gente teme a la libertad y, ante la agotadora complejidad de la vida, la gran masa quiere la mecanización del mundo a través de un orden definitivo, válido para todos y que les libre de pensar. Este término constituye la levadura y el fermento que allana el camino a todo tipo de políticas e ideales que declaran perentoriamente que solo ellos han encontrado la nueva fórmula que redima al mundo.

Todo movimiento espiritual necesita a un hombre que lo inicie y lo lleve a término. De ese modo, el movimiento fluye en masa y se desborda para imprimirle forma de ley y estabilidad. Con ello, de la arbitrariedad surge el dogma. De la libertad, la dictadura.

A pesar del avión o de internet, a pesar del microscopio y de toda la magia de la tecnología, nuestro mundo moral ha preservado las mismas expectativas mesiánicas de un estadio moral superior al igual que en los días de Cristo, Mahoma o Buda. En el alma anhelante de milagros de las masas, vive y pervive, la inextirpable y siempre renovada añoranza de un líder o maestro a quien seguir. Es por eso que cada vez que un hombre se dirige a la humanidad con alguna promesa, pulsa el nervio de esos anhelos de fe.

Cuando esos ideales utópicos acarician y se hacen con el poder, se revelan como los peores traidores del espíritu. En lugar de conformarse con el culto y pleitesía de sus adeptos, quieren obligar a los que no forman parte de su partido a compartir su dogma. No solo quieren a los esclavos, también a los ciudadanos libres para que sean sus vasallos y estigmatizar cualquier diferencia de opinión calificándola como delito.

Es entonces cuando, con una presión monstruosa, se apodera del individuo la fuerza de la masa y este no puede encontrar lugar donde protegerse de esa locura colectiva. La materia que lo inflame (problemas sociales, religiosos…) le es indiferente al fanatismo. Solo quiere arder y dar llamas, descargar la fuera del odio acumulado, y es entonces cuando el demonio de la guerra rompe las cadenas de la razón y se precipita sobre el mundo lleno, hasta entonces tranquilo.

Un ideal que solo se propone el interés general jamás puede satisfacer por completo a las dilatadas masas del pueblo. Para la gente siempre será más accesible lo concreto y aprehensible antes que lo abstracto. Por ello, en lo político siempre encontrará más partidarios todo programa que, en lugar de un ideal, proclame una hostilidad, una oposición bien comprensible y manejable que se dirija contra una clase social, una raza, otra religión o ideología….pues con el odio puede encender fácilmente el fanatismo.

Millones de personas, víctimas de este hechizo se precipitan voluntariamente a la esclavitud y ensalzan el látigo que les azota renunciando lo que, hasta ayer, era su mayor alegría, la libertad.

Cuando una tiranía insufla la enfermedad del miedo que corroe las almas de las personas, la cobardía general se convierte en su ayudante y alcahueta, pues el sentirse cada uno sospechoso hace que los demás también lo sean, y , por culpa del miedo, los miedosos se adelantan a las órdenes y prohibiciones de sus tiranos aun con mayor prestancia.

Una tiranía dogmática surgida de un movimiento en pro de la libertad es siempre más dura y severa con respecto a la idea de libertad que cualquier poder hereditario. Siempre aquellos que deben su poder a una revolución son los más intransigentes e intolerantes ante cualquier novedad.

Pero toda represión conduce, tarde o temprano a la revuelta. Nunca ha sido posible imponer de modo dictatorial una única religión, una única filosofía o una forma de ver el mundo, pues el espíritu siempre sabe resistirse a cualquier servidumbre. Ninguna época ha podido ser tan bárbara ni ninguna tiranía tan sistemática como para que algunos individuos no lograsen escapar de la violencia ejercida sobre las masas y defender el derecho a una opinión personal.

“Matar a un hombre no es defender una doctrina, sino matar a un hombre”

Sebastián Castellio

La violencia por si sola tiene corto aliento. Ataca ciega y furiosa pero se viene abajo por sí misma, agotada por esas bruscas explosiones. Aun cuando actúa por contagio sobre grupos enteros, estos solo se producen como bandas indisciplinadas que se extinguen tras el primer entusiasmo. El fanatismo, ese bastardo del espíritu, que quiere imponer su idea propia del universo como la única forma permitida de ley, separa la comunidad humana en amigos y enemigos. Partidarios y adversarios. Héroes o criminales.

Muchos han querido destruir la belleza del mundo para convertir la tierra en un seminario de moralidad. Pero las verdades se pueden difundir, pero no imponer. Ninguna doctrina será más cierta porque se grite o se encolerice. Ninguna debería imponerse artificialmente recurriendo a la brutal propaganda. Aquellos que quieren imponer una fe actúan de un modo tan absurdo como alguien que con un palo intenta alimentar a un enfermo por la fuerza.

Al igual que un músculo no puede permanecer contraído al máximo todo el tiempo, ni una pasión estar siempre en su punto más álgido, las dictaduras del espíritu no han podido conservar permanentemente su despiadado radicalismo. Por norma general, solo una generación tiene que soportar dolorosamente esa presión.

El eterno progreso toma todo lo provechoso del sistema y arroja tras de sí todo lo que le paraliza. Las dictaduras, en el gran proyecto de la humanidad suponen solo una corrección a corto plazo y tras ese breve retroceso, luego el mundo se impulsa con más energía.

Pero no se nos debe de olvidar que el devenir histórico no es un continuo avanzar en base a progreso y desarrollo. Nunca un derecho se ha ganado para siempre como tampoco está asegurada la libertad frente a la violencia, que siempre adquiere nuevas formas. Cuando los individuos consideran la libertad como algo habitual y no como el don más sagrado, de la oscuridad del mundo, surge de nuevo un misterioso deseo de violentarla.

Siempre que la humanidad ha disfrutado de periodos de paz durante demasiado tiempo, le sobreviene una peligrosa curiosidad por la embriaguez de la fuerza y el apetito por la guerra. De una manera incomprensible la historia provoca retrocesos que hacen que se derrumben los muros de la justicia adquiridos por herencia. Luego, una vez más, los despotismos se enfrían o envejecen y comienza un nuevo el ciclo.

EL HUMANISMO

Con cada hombre nace una nueva conciencia y siempre habrá alguien que recuerde la obligación espiritual de retomar la lucha por los inalienables derechos del humanismo y la tolerancia.

En cualquier lado de espectro político hay exageración y fanatismo. Al más puro estilo humanista, ninguna persona debería seguir nunca un ideal que no fuese el de la justicia. Es destino de todo fanatismo agotarse a sí mismo. La razón, en cambio, es eterna y serenamente paciente. Puede esperar y perseverar.

El humanismo aborrece toda violencia. Sus leyes son la espontaneidad y la libertad. No pretende someter con la intolerancia sino con una luz al aire libre, que atrae hacia su esfera a los animales que vagan alrededor por lo oscuro. Llama hacia su claridad a los desconocedores y los apartados convenciéndoles dulcemente. Quien no quiera pertenecer a su círculo puede permanecer fuera, no se le obliga ni se le impele violentamente. A nadie se le niega el acceso. Por tanto, todo ser humano educado humanísticamente no debe conjurarse con ninguna ideología, porque toda idea aspira naturalmente a la hegemonía. No tiene que ligarse con ningún partido porque se limitaría a ver de modo partidista las cosas, sentirlas y pensar en ellas. En todo momento tiene que conservar su libertad de pensamiento y acción, pues sin libertad es imposible la justicia, que es el supremo ideal, común a toda la humanidad.

Para ello, el humanismo no conoce mas que un camino, la cultura. Lo humano en el hombre solo puede crecer por medio de la cultura y del libro, pues solo el no instruido se entrega sin reflexión a sus pasiones. Los humanistas no comprenden las fuerzas primitivas del mundo de los impulsos.

El humanismo odia toda propaganda y agitación en favor de la verdad ya que cree que esta posee una fuerza que actúa por sí misma. Los seres humanos ya no prestan atención a la palabra, fina y bien ponderada de la poesía sino a la grosera y ardorosa de la política. El pensamiento ha decaído hasta el delirio colectivo. Los sabios ya no luchan con elegantes cartas sino que se arrojan los unos a los otros con groseras y ordinarias palabras injuriosas. Nadie aspira a comprender al otro, sino que cada cual quiere imprimir su doctrina en el prójimo como una marca de fuego. Y contra los que quieren estar entre los partidos y por encima de ellos se dirige un odio doblado.

Nos encontramos en ese punto de inflexión en el que a la gente se le ha olvidado que su libertad es lo más grande a lo puede aspirar. Un don que tiene pero que no aprecia y que como en otros tiempos, está tentando peligrosamente con ideas peligrosas que solo conducen a un camino.

Es nuestra labor, desde nuestro propio interior pensar humanisticamente. No esperes que el mundo cambie si no empiezas cambiando tu. Los cambios impuestos desde fuera hacia adentro no perduran. Piensa libremente, razona, sirve de ejemplo para tu círculo más cercano. Poco a poco podrás ir observando los cambios que eso produce.

Para escribir este artículo, he utilizado como base 12 reglas para vivir de Jordan B. Peterson, Castellio contra Calvino de Stefan Zweig y Erasmo de Rotterdam: Triunfo y tragedia de un humanista también de Stefan Zweig

HIPERINFLACIÓN: AUSTRIA Y ALEMANIA

HIPERINFLACIÓN: AUSTRIA Y ALEMANIA

El fenómeno de la hiperinflación se debe a una inflación descontrolada que se da cuando la cantidad de dinero que existe en el mercado crece masivamente sin estar apoyado en el crecimiento de los bienes y servicios. Esto hace que los precios aumenten de manera desproporcionada y consecuentemente la moneda vaya perdiendo gradualmente su valor hasta que puede llegar a valer más el papel en el que está impresa que la propia moneda en sí. En consecuencia la gente que vive en el país afectado por este evento pierde de manera acelerada su poder adquisitivo.

Ha habido muchos casos de hiperinflación a lo largo de la historia desde el Imperio Romano, la Revolución Francesa u otros casos más recientes en el tiempo como Zimbabwe, Venezuela, Rusia, Argentina y un largo etcétera.

Como dato curioso, la mayor hiperinflación de la história se produjo en hungría en 1946 cuando llegó a 41.9 trillones por ciento. La situacuón era tal que los precios se duplicaban cada 15 horas llegando a una inflación diaria del 205%. El billete mas alto acuñado fue de  100 trillones de pengős y cuando se acuó el florín, una unidad se cambiaba por florín 400.000 cuatrillones de pengős.

En este artículo me quiero centrar enla hiperinflación sufrida en Austria y Alemania después de la primera guerra mundial y para ello quiero utilizar el relato de alguien que lo vivió de primera mano, Stefan Zweig, que nos lo cuenta en su, muy recomendable libro, El mundo de ayer: Memporias de un europeo.

AUSTRIA

Para ponernos en situación, después de la Primera Guerra Mundial, el Imperio Austroúngaro de separó en varios paises y una de esas partes fue Austria. Esto, se une a un desempleo desproporcionado derivado que la economía tras la guerra estaba destrozada y que como perdedor de la guerra, el país debía a la Comisión de Reparaciones una suma sustancial de dinero. El déficit llegó a superar el 50% del total de los gastos y, los gobernantes, en su afan de atacar las consecuencias y no las profundas causas, decidieron financiar ese déficit vendiendo letras del tesoro. Como consecuencia de ello el dinero aumentó en un factor de 288 y la corona austriaca se depreció internacionalmente.

Stefan Sweig cuenta que durante los años de la guerra, en Austria no se había construido nada y muchas casas se caían. Ahora los soldados y prisioneros de guerra volvían en torrente de modo que en cada habitación disponible se debía alojar a una famila entera.

Por primera vez el fantasma del hambre empezó a aparecer por las calles. El pan sabía a resina y cola, el cafe era extracto de cebada, la cerveza agua amarilla, el chocolate arena teñida. Los muchachos cazaban ardillas y los perros y gatos bien alimentados pocas veces regresaban de sus paseos.

Ante la inflación creciente se estableció una política de precios máximos, lo cual provoca desabastecimiento y mercado negro (si quieres saber más sobre esto puedes leer este libro). apareció la figura de los “acaparadores”, hombres sin trabajo que iban de un campesino a otro recogiendo productos ilegales para venderlos luego en la ciudad por un precio 4 o 5 veces más elevado.

Al principio los campesinos estaban contentos con la gran cantidad de dinero recibida por los huevos y la mantequilla pero en cuanto iban a la ciudad a comprar mercancías, descubrían que el precio de la guadaña o el martillo se había multiplicado por 20 o por 50. A partir de ese momento empearon solo a intercambiar mercancía por mercancía y un grotesco comercio se extendió por todo el país.

Se dispusieron controles policiales para confiscar mercancía de los “acaparadores” y estos respondieron organizando transportes nocturnos.

La desconfianza apareció en los ciudadanos cuando desaparecieron las monedas ya que el metal suponía cierta reserva de valor con respecto al papel impreso. La Casa de la Moneda se puso a imprimir a toda máquina pero no pudo dar alcance a la demanda de dinero, por lo que cada pueblo o villa empezó a imprimir su propia moneda provisional.

La gente ya no sabía cuanto costaban las cosas. Cuando un tendero honrado vendía ingenuamente sus artículos al precio del día anterior, la tienda se le vaciaba en menos de una hora.

El estado prohibió la subida del precio de los alquileres (para proteger a los inquilinos, perjudicando a los propietarios) y eso provocó que casi todo el país tuviese casa gratis durante 5 o 10 años.

El ahorrador que había invertido sus ahorros se convertía al instante en mendigo, el que tenía deudas se veía libre de ellas. Quien de manera honrada atendía correctamente a la distribución de víveres moría de hambre, quien inflingía la ley comía hasta saciarse. Quién sabía sobornar sobrevivía, quien calculaba con prudencia era estafado.

La situación se agravó cuando los especuladores extranjeros se dieron cuenta de que en Austria se podía pescar a río revuelto y como lo único que mantenía el valor era la moneda extranjera, el país vivió una fatal temporada de turismo. Los hoteles de Viena se llenaban de buitres que lo compraban todo, edificios, calles enteras, vaciaban colecciones particulares… Insignificantes obreros en otros países se alojaban en los principescos apartamentos del Ring o en los hoteles más lujosos. Todo lo que no estaba clabado o remachado desaparecía.

La noticia se extendió hasta el punto que en Viena se oía hablar mas italiano, francés, turco o rumano que alemán. Centenares de alemanes llegaron de pueblos vecinos para tallar los vestidos, reparar el automóvil o acudir al médico. El gobierno alemán estableció controles en la frontera para evitar que se compraran artículos de primera necesidad pero había productos que no se podían confiscar, en particular los que llevara dentro del cuerpo la gente y en concreto, la cerveza.

Cada noche la estación de tren era un pandemonium de gente que berreaba, eructaba y vomitaba. Y esque por aquel entonces los pobres bávaros no sospechaban que les esperaba una terrible revancha.

De repente en Austria un huevo costaba tanto como un automóvil de lujo y un par de zapatos como una zapatería entera. Sin embargo la voluntad de la gente por seguir viviendo resultó más fuerte que la inestabilidad del dinero y nada se detenía. El panadero seguía haciendo pan, el zapatero remendaba zapatos, el escritor escribía libros, el campesino cultivaba la tierra, el periódico se imprimía cada día y los bares y locales de diversión estaban siempre llenos. La gente misteriosamente tenía los miles de coronas que necesitaban diariamente para sobrevivir.

En aquellos 3 años, todo lo extravagante volvió a la edad de oro. Se vendía la teosofía, el ocultismo, la quiromancia, las enseñanzas de yoga indio, el misticismo….todo lo que prometía emociones extremas mas allá de las conocidas hasta entonces era consumido: estupefacientes, cocaína, heroína y morfina. El incesto y el parricidio eran temas comúnmente aceptados en el teatro. En las escuelas se crearon soviets escolares al estilo ruso que controlaban a los maestros e invalidaban los planes de estudio porque los niños solo querían aprender lo que les venía en gana. En defintiva, una suerte de locura colectiva que, como veremos a continuación, aun fue superada por el caso alemán.

Ya en 1922 el Banco Nacional de Austria fue requerido para que respaldara sus emisiones con ciertas proporciones de oro, activos extranjeros y facturas comerciales. Se establecieron nuevos impuestos y medios más eficientes para recaudarlos y un despido masivo de funcionarios. En solo dos años, Austria volvió a equilibrar su presupuesto y en 1924 se estableció una nueva moneda, el chelín, equivalente a 10 mil coronas de papel.

ALEMANIA

Tras la guerra las potencias vencedoras como Francia y Gran Bretaña impusieron a la derrotada Alemania el pago de reparaciones de guerra por la destrucción causada durante el conflicto fijando esta condición en el Tratado de Versalles de 1919.

En ese momento era imposible e impensable que Alemania pudiese pagar esas cantidades de dinero. En consecuencia entre 1921 y 1923 el tipo de cambio pasó de 60 marcos a mas de un millón por dólar .

Stefan Zweig cuenta que cuando el marco cayó en picado y alcanzó la cifra de los billones, empezó un autentico aquelarre de inflación que hizo que la austriaca fuese un juego de niños. Cuenta como vivió días en que por la mañana tenía que pagar 50 mil marcos por un periódico y por la noche cien mil. Se pagaba el billete del tranvía en millones y hacían falta camiones para transportar los billetes desde el Banco Nacional a los demñas bancos.

Se encontraban billetes en las alcantarillas, reparar una ventana rota costaba mas que antes todas la casa. Un libro más que antes toda una imprenta. Con 100 dólares, los especuladores extranjeros podían comprar hileras enteras de casas de 6 pisos. Hugo Stines, político y empresario alemán, abase de ampliar su crédito beneficiándose de la caida del marco, compraba todo cuanto se podía comprar: minas de carbon, barcos, fábricas, acciones, castillos, fincas rústicas… y todo ello con nada, pues cada importe, cada deuda, se convertía a cero.

Miles de parados ociosos deambulaban por las calles protestando contra los estraperlistas que compraban calles enteras de casas.

Los bares y locales de diversión aparecían como setas. Por las calles empezaron a aparecer hombres vestidos de mujeres y mujeres vestidas de hombres. En bares penumbrosos, empresarios de Estado e importantes empresarios cortejaban sin recato a marineros borrachos. Zweig dice que ni la Roma de Suetonio había conocido orgías tales como los bailes travestis de Berlín ante la mirada benévola de la policía.

Pese a todo, por doquier se hacía evidente que a todo el mundo le resultaba insoportable toda aquella sobreexcitación y también era evidente que la nación, cansada de la guerra, anhelaba orden, sosiego, un poco de seguridad y de vida burguesa.

Los pequeños burgueses que habían perdido sus ahorros se asociaron en silencio y se pusieron a disposición de cualquiera que prometiera un cierto orden.

En 1923 la inflación llegó a su fin cuando cada billon de marcos engañosamente inflado se cambió por un marco nuevo. Desaparecieron los bares y las tabernas y las relaciones se reestablecieron. La mayoría de la gente había perdido con todo aquello y nada encendió tanto el odio del pueblo alemán y lo maduró para el advenimiento de Hitler como la inflación.

La gente se sentía ensuciada, engañada y envilecida. Una generación entera no perdonó a la república alemana y así es como se sembró el germen del dolor que más tarde se volvió crónico.

De todos es conocida la “eficiencia alemana”. Para el pueblo alemán es más importante el orden que la libertad y el derecho y como he dicho antes, quien prometiese ese orden, desde el primer momento contaba con centenares de miles de seguidores. Y ese orden había sido prostituido por la inflación, el paro, la crisis política y la estupidez extranjera.

De la noche a la mañana, apareció un deus ex machina. Una mañana años más tarde, cuando las autoridades se despertaron, Munich había caido en manos de Hitler y todas las oficinas públicas habían sido ocupadas y los periódicos obligados a punta de pistola a anunciar el triunfo de la revolución.

En otras circunstancias, el pueblo alemán nunca habría permitido que alguien que apenas había acabado sus estudios primarios, que no había pasado de cabo en la primera guerra mundial y que tenía un pasado oscuro del que apenas se conocía nada pudiese aspirar a una posición que había ocupado Bismark o el baron von Stein.

En 1934 absolutamente nadie creía que fuera posible ni una milésima parte de lo que sobrevendría al cabo de pocas semanas. Pero ese es otro tema del que si estáis interesados hablaré en futuros artículos.

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